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VEN A LA COSTA DAURADA - NO TE LO DEJES PERDER

VEN A LA COSTA DAURADA - NO TE LO DEJES PERDER



      Nadie conoce mejor un territorio que sus habitantes. En nuestros desplazamientos a cualquier país nos complace encontrar personas que estén convencidas que aquel es el mejor lugar del mundo. El apasionamiento con que nos aconsejan y con que describen sus bellezas es el mejor compañero de viaje para el eventual visitante. Por esto no nos sonroja proclamar que la zona que abarca esta página web – el Camp de Tarragona y las Terres de l’Ebre – reúne gran parte de los alicientes que un viajero puede desear. De entrada, el clima. Unas vacaciones sin unas condiciones metereológicas aceptables, pueden hacer fracasar los días de vacaciones, siempre insuficientes,  de que disponemos. Salou, el Camp de Tarragona y las Terres de l’Ebre se encuentran enclavados en el paralelo 41, una zona del planeta en la que el año se divide en cuatro estaciones muy bien definidas. El hecho que cada tres meses se produzca un cambio de clima y de color en el paisaje, propicia que los habitantes de esta zona – y de todas las zonas con estas características – varíen su sensibilidad muy a menudo sin apenas darse cuenta. Hay autores que se atreven a decir que la gente que habita en una zona con las cuatro estaciones bien definidas acumula en su persona, con los años,  una enciclopedia de las sensaciones. No es de extrañar que en esta tierra nacieran genios como Gaudí, Fortuny o Pau Casals, o que pasaran largas temporadas Joan Miró o Pablo Picasso. O que los romanos la escogieran como capital de su imperio en la península.       Como destino turístico este clima proporciona una larga temporada vacacional. Las tranquilas aguas del Mediterráneo acogen bañistas casi todo el año, sobretodo en el período de marzo a octubre, dejando la baja temporada de baños en apenas cuatro meses. Esta circunstancia se da, siempre que el viajero no proceda de las zonas mas frías del continente como el centro o el norte de Europa, en cuyo caso los cuatro meses se reducen a unos pocos días en los que bañarse no apetece. Este clima privilegiado propicia que los alicientes de la zona se multipliquen. El Camp de Tarragona y las Terres de l’Ebre, caso de no estar enclavados en el nordeste de la península ibérica, podrían constituir perfectamente una isla equilibrada y de alto atractivo. Claro que el hecho no ser una isla también le aporta ventajas, sobretodo en comunicaciones por tierra. Las ciudades se encuentran a menos distancia entre ellas – y a menos tiempo real de desplazamiento – que algunos distritos de una gran ciudad. Al volante y en apenas una hora, se puede ir de la costa - Salou, Reus, Tarragona o Cambrils -  a los pueblos de montaña situados a 1000 metros de altitud o a los desiertos de arena del delta del Ebro. La naturaleza ha dotado a este territorio de múltiples alicientes para recibir al viajero y sus habitantes han completado estos alicientes con todos los equipamientos y la calidad que un visitante puede exigir y que se merece. Playas urbanizadas, playas desiertas, playas nudistas, calas acogedoras situadas a pié de vehículo o calas de acceso a pié. Largos paseos marítimos y  numerosas calles comerciales. Ciudades de más de cien mil habitantes o pueblos de apenas veinte habitantes permanentes. Alojamientos de todas las categorías desde el hotel de lujo, balnearios, hostales, pensiones y fondas, hasta los albergues y refugios. Casas rurales en muchos de los 196 pueblos de la zona. Campings de todas las categorías, incluyendo las mejores infraestructuras de camping de Europa.       Turismo de sol y playa, gastronómico, cultural, de bullicio o de relax, de mar o de montaña. Todas las instalaciones deportivas, incluyendo las de práctica de deportes marítimos y fluviales. Siete magníficos campos de golf a su alcance, en menos de 20 kilómetros de recorrido. Cines, teatros, festivales de música. Museos, arte. Autopistas, carreteras, trenes de cercanías o de largo recorrido, aeropuerto de Reus a 8 kilómetros y el de Barcelona a 96 km. Once puertos deportivos a lo largo de 140 kilómetros de costa. Las casas modernistas de Reus y Salou, la Tarragona romana patrimonio de la Humanidad, los monasterios cistercienses de Santa Maria de Poblet, de Vallbona de les Monges y de Santes Creus, la Cartoixa de Escaladei o el castillo de Escornalbou. Mas de veinte lugares reconocidos como parajes naturales y cuatro parques naturales absolutamente diferenciados entre ellos: la sierra del Montsant, las Muntanyes de Prades y el bosque de Poblet, la sierra de Els Ports de Beseit, y el extraordinario Delte de l’Ebre, un parque natural insólito en toda la península ibérica. Parques de atracciones de renombre mundial como Universal Port Aventura, el parque temático más importante de Europa a caballo de Vila-seca y Salou, el Aqualand Costa Dorada - Safari en Albinyana o el Aquópolis en la Pineda.       Una zona con una gastronomía propia y distinta, basada en productos autóctonos: el aceite de oliva virgen y los vinos del Priorat, ambos reconocidos como de los mejores de Europa y del mundo. La avellana de Reus, el arroz del delta del Ebro, las naranjas clementinas de las tierras del Ebro, los calçots de Valls (cebollas tiernas) o las patatas de Prades. Un territorio sin distancias, donde los pequeños pueblos compiten en belleza, alicientes y servicios de calidad. El sur de Catalunya -  la Costa Daurada y les Terres de l’Ebre – reúne tantos alicientes para el viajero que resulta difícil encontrar otro lugar que reúna tantos en tan poco territorio. Existen, claro, destinos clasificados como exóticos, paradisíacos, encantadores, de alto atractivo o con encanto. La Costa Daurada no tiene ni las cataratas de Iguazú, ni el museo de l’Hermitage, ni la torre Eiffel, ni el Taj Mahal, ni la pirámide de Keops, ni la Acrópolis del Partenon. No es el Tirol, ni los lagos suizos, ni los fiordos escandinavos, ni sus montañas son los Alpes ni sus playas son del Caribe. Cada una de estas maravillas del universo, merecen un viaje por si solas.       Pero atrévase a descubrir en muy pocos días:  Los espejismos de la península de arena del Fangar como si estuviera en un desierto africano. El trayecto fluvial entre Miravet y Benifallet,  como si del Amazonas se tratara. Pasearse en embarcación entre Riba-roja d’Ebre y Mequinenza, perdiendo la noción de saber en que mundo se encuentra. Sumergirse en una visita al Monasterio de Poblet para reforzar su espiritualidad y su sensibilidad como si se adentrara en un monasterio del Tibet.. Pasearse por el anfiteatro romano de Tarragona y entender del porque de su capitalidad romana o de ser ciudad patrimonio de la Humanidad. Admirar la casa Navas y el Institut Pere Mata de Reus, o lo que es lo mismo, contemplar el legado de las casas modernistas fruto del genio de Gaudí y de los arquitectos que, como Doménech i Muntaner, aplicaron su arte.       Admirar las colonias de aves y flamencos en las lagunas de la Encanyissada, la Tancada o la Alfacada sin tener que desplazarse a la Camargue francesa. Perderse por el contorno de las murallas de Montblanc, y por sus calles y plazas, como si estuviera en la cité de Carcasonne. Atreverse a descubrir porque los vinos del Priorat han llegado a ser uno de los mejores del mundo, porque tienen poca producción, y ver la diferencia de la tierra y de las viñas con las que haya podido contemplar en la zona de Burdeos. Pasearse por el paseo de Jaume I de Salou y encontrarse tan cosmopolita como si estuviera en la Promenade des Anglais en Niza. Sentarse en una terraza del puerto de Cambrils y sentirse más relajado que en el Vieux Port de Marsella. Acomodarse en una localidad del Teatro Fortuny, del auditorio Josep Carreras, del Camp de Mart, o del Pau Casals y no saber si se está en la opera de París, en el festival de Salzburg o en el Dionisos de Atenas. Tumbarse en la playa del Trabucador, en la de la Marquesa o en la del Serrallo en pleno mes de agosto y disfrutar de más soledad que en las playas de Santo Domingo o de Cayo Largo del Sur.       Sentarse a la mesa para saborear un plato de arroz, unos langostinos, una patatas asadas, un pan con tomate, una salsa de romesco, o  una dorada a la sal, dignos de los mejores restaurantes de la Costa Azul. Ver como emerge una luna espectacular desde el mar, para sentirse mas relajado que en una puesta de sol en Santorini,  Mikonos o  Rodas. Terminar los 18 hoyos del campo de golf, ir al aeropuerto de Reus y en tres horas aterrizar en Londres, Berlin o Bucarest. Entrar a Universal Port Aventura y, en un solo dia, estar en el Mediterráneo, en la China, en la Polinesia, en el Far West y en Méjico. Escalar por la mañana en los riscos de Siurana, bañarse al mediodía en la playa nudista del Torn, ir de compras por la tarde a las calles peatonales de Reus y por la noche disfrutar en las discotecas de la Pineda o de Salou. Pedalearse en bicicleta la Vía Verde de la Terra Alta, visitar el museo Picasso en Horta de Sant Joan, comprar vino en las bodegas modernistas de Gandesa o de Pinell de Brai y por la tarde, deambular por el pueblo viejo de Corbera d’Ebre donde se contemplan los efectos de los bombardeos de la guerra civil 1936-1939. Subir en un santiamén desde Tortosa al monte Caro, pasear por los frondosos pinares de los Ports de Beseit, ojear los ejemplares de Capra Hispánica, y ensimismarse con el delta del Ebro a vista de pájaro. Pasearse por el puente de Amposta, que no tiene canción pero si más encanto que el puente de Avignon. La Costa Daurada y las Terres de l’Ebre permiten hacer esto y mucho más. Y también mucho menos si lo que desea es descansar, hacer vida sedentaria, recluirse en un balneario, relajarse y disfrutar plenamente de la vida. Si a pesar de esto no quiere venir, no venga. Tenemos un gran respeto por las personas y por sus opiniones. Pero si alguien que ha venido se lo explica, escúchelo. Contando sus experiencias y escuchando las de los amigos también se puede disfrutar de la vida.        



Tags: costa dorada, albinyana, painting, sculpture, exhibitions, museums
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